
Si hay algo que nunca me ha gustado de Álex de la Iglesia es su tendencia al exceso. En todas sus películas, unas más acertadas que otras, cede a la tentación de lo exagerado, del desorden y el abuso. Pero a su vez, ello imprime en su cine una marca única e intrasferible. Un cine muy personal, fácil de reconocer y que nos deja con la sensación que sólo podría hacer él. Porque si exceptuamos el bodrio de "Los crímenes de Oxford" y quizás alguna otra, cada vez que vemos alguna de sus historias, nos queda presente que estamos asistiendo a una especie de terapia del director, en la que se nos expone sus más recónditas fobias, sus manías, delirios y extravagancias.
Balada triste de trompeta es una película marca de la casa: atrevida, transgresora, violenta, excéntrica, producto de una mente chiflada y obsesiva, que podrá gustar más o menos (a sus fans les encantará) pero que nadie puede negarle su valentía, provocación y riesgo.
La historia, a grandes rasgos, nos cuenta el paso a la locura de un payaso triste, al que la vida no ha tratado nada bien, a través de la venganza y con el amor como motor. Con un inicio (para mí lo mejor de la película) y un final memorables, pero que se pierde en situaciones muy forzadas y en los ya típicos excesos de este director. Eso sí, la estética de la película es intachable. Desde los mismo títulos de créditos que ya te sumergen en lo que intuyes va a ser algo muy sombrío, hasta la fotografía y el patetismo de los personajes. Sobre todo esos payasos tan trágicos (grandes Aceres y de la Torre) tan aparentemente distintos y tan parecidos en realidad que, asumiendo la redención humana a través del humor y la humillación, transforman sus rostros dejando ver la verdadera identidad que tapaba el maquillaje.
Una vez más de la Iglesia me deja a la mitad, con la sensación de que la idea era buena y la ejecución algo fallida, con que la cosa no sale redonda y la venganza sigue siendo incompleta, pero que algo remueve en tus entrañas y, aunque no sabes qué, lo sospechas.
Balada triste de trompeta es una película marca de la casa: atrevida, transgresora, violenta, excéntrica, producto de una mente chiflada y obsesiva, que podrá gustar más o menos (a sus fans les encantará) pero que nadie puede negarle su valentía, provocación y riesgo.
La historia, a grandes rasgos, nos cuenta el paso a la locura de un payaso triste, al que la vida no ha tratado nada bien, a través de la venganza y con el amor como motor. Con un inicio (para mí lo mejor de la película) y un final memorables, pero que se pierde en situaciones muy forzadas y en los ya típicos excesos de este director. Eso sí, la estética de la película es intachable. Desde los mismo títulos de créditos que ya te sumergen en lo que intuyes va a ser algo muy sombrío, hasta la fotografía y el patetismo de los personajes. Sobre todo esos payasos tan trágicos (grandes Aceres y de la Torre) tan aparentemente distintos y tan parecidos en realidad que, asumiendo la redención humana a través del humor y la humillación, transforman sus rostros dejando ver la verdadera identidad que tapaba el maquillaje.
Una vez más de la Iglesia me deja a la mitad, con la sensación de que la idea era buena y la ejecución algo fallida, con que la cosa no sale redonda y la venganza sigue siendo incompleta, pero que algo remueve en tus entrañas y, aunque no sabes qué, lo sospechas.
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