domingo, 19 de diciembre de 2010

"Balada triste de trompeta", la violencia del amor.


Si hay algo que nunca me ha gustado de Álex de la Iglesia es su tendencia al exceso. En todas sus películas, unas más acertadas que otras, cede a la tentación de lo exagerado, del desorden y el abuso. Pero a su vez, ello imprime en su cine una marca única e intrasferible. Un cine muy personal, fácil de reconocer y que nos deja con la sensación que sólo podría hacer él. Porque si exceptuamos el bodrio de "Los crímenes de Oxford" y quizás alguna otra, cada vez que vemos alguna de sus historias, nos queda presente que estamos asistiendo a una especie de terapia del director, en la que se nos expone sus más recónditas fobias, sus manías, delirios y extravagancias.

Balada triste de trompeta es una película marca de la casa: atrevida, transgresora, violenta, excéntrica, producto de una mente chiflada y obsesiva, que podrá gustar más o menos (a sus fans les encantará) pero que nadie puede negarle su valentía, provocación y riesgo.

La historia, a grandes rasgos, nos cuenta el paso a la locura de un payaso triste, al que la vida no ha tratado nada bien, a través de la venganza y con el amor como motor. Con un inicio (para mí lo mejor de la película) y un final memorables, pero que se pierde en situaciones muy forzadas y en los ya típicos excesos de este director. Eso sí, la estética de la película es intachable. Desde los mismo títulos de créditos que ya te sumergen en lo que intuyes va a ser algo muy sombrío, hasta la fotografía y el patetismo de los personajes. Sobre todo esos payasos tan trágicos (grandes Aceres y de la Torre) tan aparentemente distintos y tan parecidos en realidad que, asumiendo la redención humana a través del humor y la humillación, transforman sus rostros dejando ver la verdadera identidad que tapaba el maquillaje.

Una vez más de la Iglesia me deja a la mitad, con la sensación de que la idea era buena y la ejecución algo fallida, con que la cosa no sale redonda y la venganza sigue siendo incompleta, pero que algo remueve en tus entrañas y, aunque no sabes qué, lo sospechas.

miércoles, 6 de octubre de 2010

Buried "enterrado de talento"


Admito que no conocía de nada a Rodrigo Cortés, el director de este largometraje, pero seguro que ya no le pierdo la pista. Cuando alguien se embarca en un proyecto que trata sobre hacer una película de un tipo metido en un ataúd, hay que tenerlos bien puestos. Si encima lo haces bien, lo tienes bien puestos y eres la hostia. Y es que Buried es un ejercicio descomunal sobre el séptimo arte. La demostración palpable de que para hacer buen cine, lo único que hace falta es talento.

La historia, arriesgada y valiente como pocas, comienza con el despertar del protagonista enterrado dentro de un ataúd. Con eso y la ayuda de un móvil y un mechero, nos sumergimos en noventa apasionantes minutos de virtuosismo cinematográfico. Porque otra cosa no sé, pero de cine este chaval sabe un rato.

Cuando te cuentan que te vas a pasar la próxima hora y media asistiendo en primera fila a la agonía de un ser humano enterrado vivo piensas que ni de coña; demasiada claustrofobia, angustia, ansiedad, mal rollo. Y por supuesto la historia no es amable ni complaciente. No te da tregua casi a respirar, pero está narrada y realizada con tal clase e inteligencia, que todo eso lo trasciendes y asistes a una de las películas más sobrecogedoras, emocionantes y turbadoras de lo que va de año.

Hacía tiempo que no veía semejante dominio del montaje, la cámara, el ritmo, del lenguaje cinematográfico en sí. Es una historia absolutamente anticomercial y singular. Dónde todo el peso de la narración recae en el único actor, fantástico, y en la habilidad del director para hacernos empatizar con su situación y entender perfectamente sus emociones. Porque si algo destila esta película es verosimilitud, entendemos en todo momento a ese personaje caído en desgracia, su miedo, su ira, su esperanza, su desesperación...

En definitiva, estamos ante un largometraje de una tensión sostenida, que te mantiene aferrado a la butaca hasta casi no soportarlo más, trepidante, convulsa y todo dentro de un ataúd. ¿Alguien da más?

jueves, 8 de abril de 2010

"Shutter Island", la trampa del todo vale.


Partamos de la premisa de que no creo en la existencia de Dios. Es más, ni siquiera me importa realmente su existencia o no, ya que si así fuera y obtuvieramos una prueba empírica de su ser, sospecho que no nos llevaríamos nada bien. Pero si tomamos la idea de Dios como ser-supremo-que-todo-lo-puede-cercano-a-la-perfección y nos alejáramos de su concepto místico-religioso. Martin Scorsese sería lo más cercano para mí a esa definición. Un tío que ha hecho películas como "Taxi Driver", "Toro Salvaje", "La última tentación de Cristo", "El cabo del miedo", "La edad de la inocencia", "Uno de los nuestros", "Casino" o "Infiltrados" tiene que estar tocado con la varita mágica de las deidades.
El problema es que no es infalible y a veces, muy pocas, falla. Ya ocurrió con "Gans of New York" y ahora ha vuelto a ocurrir con "Shutter Island". Una pena, porque uno espera cada película de Scorsese como agua de mayo. Con unas ganas tremendas y una ilusión que se dispara. Así que cuando te encuentras con cosas así, el palo es mucho mayor.
Y es que "Shutter Island" tenía todos los ingredientes para ser una buena película, pero cuando empiezas a verla y te das cuenta que el principio es lo mejor y cada vez te vas desconectando más y más hasta casi perder todo el interés, tienes la sensación de que se le ha ido de las manos, que algo se escapa, que es tramposa y aburrida, con una alarmante falta de ritmo, un guión bastante flojo y caótico y algunas incoherencias que da tristeza reconocer. Porque Scorsese es Dios pero un Dios que se humaniza en sus errores. Y esta película le hace humano, demasiado humano. Tanto que no parece suya.

jueves, 18 de marzo de 2010

"An education", el dilema de decidir.


El día que a alguien se le ocurrió doblar las películas mató una parte del cine. Las películas deberían verse en su versión original, con la verdadera voz de sus actores y no con las voces afectadas y reiterativas de los actores de doblaje. Ver un actor doblando la voz de otro es algo que raya lo penoso y causa verdadera sorpresa. Ver esas caras que no encajan en ningún momento con esos sonidos hace que uno se plantee como podemos ser tan lerdos. Pero la comodidad, la costumbre, los prejuicios y la ignorancia que nos han impedido probar el jamón de pata negra, nos hace conformarnos con el beicon pensando que es de lo más exquisito.
Si hay un película que debe ser vista en versión original esa es "An education" es más, debería salir un decreto-ley que así lo legislara, porque "An education" es una película de actores en estado de gracia donde su protagonista, Carey Mulligan, brilla hasta dejarte ciego. No sé como será la versión doblada pero perderse su risa del principio, cuando conoce a David, es pecado y pecado de los gordos, de los que excomulgan. Porque esta actriz, desconocida para mí hasta ahora, se sale, se come la pantalla, te enamora, te fascina, te traslada a otra época con su delicadeza, su porte, su exquisitez y su finura. Y eso que está rodeada de interpretaciones luminosas, portentoso Alfred Molina en la escena de la habitación, que ella de la manera más elegante eclipsa.
La historia gira en torno a Jenny, una brillante adolescente de principios de los 60 con un futuro prometedor que conoce a un joven mayor que ella y le inicia en una vida de lujo y sofisticación que le hará plantearse el dilema de dejarlo todo y saltarse los pasos para llegar a la vida adulta de sopetón o seguir su camino de hormiguita que le posibilite la independencia y la libertad. Se trata de una época donde ser mujer te obliga a prepararte para abrirte camino por sí misma o depender de un hombre. Donde la emancipación femenina es una rara avis que causa extrañeza en contraposición del más aceptado rol de mujer-florero y que, para evitarlo, es necesaria la renuncia y casi la marginación social como factor de cambio.
El guión, adaptado por Nick Horby, el vestuario cuidado al detalle, la música adecuada al conjunto y una fotografía en consonancia con la elegancia de todo lo anterior, hacen de esta película una "joyita", como diría la borde de Mar.
"An education" nos sumerge en un duelo entre lo inmediato y lo venidero, entre lo epicúreo y lo estoico, entre la pasión y la razón, entre mirar el río o sumergirte en él. Pero la elección es el inconveniente, el dilema, el problema. El ejercicio intelectual de tener que decidir es lo que hace el desequilibrio, la oscilación que se produce entre el todo y la nada.

viernes, 5 de marzo de 2010

"The lovely bones", huesos de mermelada.



Hagamos un experimento sociológico. Vayamos al cine, escojamos una película basada en una historia trágica, a ser posible humana y familiar, donde la protagonista sea una chica joven y encantadora. Una película donde la música, de corte ambiental, nos ayude a incidir en nuestras emociones más básicas en los momentos más carismáticos. Donde los efectos especiales, sobrecargados y sensibleros, se vean reforzados por la música comentada anteriormente. Echemos a todo esto unas pizcas de amor adolescente, de voz en off con discursos de lo más cursis y un final feliz que nos empalague. Mezclémoslo bien y sirvámoslo a un público medio al que le apasiona películas como "El diario de Noa", por poner un ejemplo. El resultado es que un 99% saldrá de la sala de cine encantados y frotándose las últimas lágrimas de los ojos.
A esto se le llama "arte de manipular emociones". No hay lugar a la reflexión, al intelecto, a la razón, todo pasa por una fina pátina que se queda en la superficie y que nos deja encantados de la vida.
No tiene otra explicación, puesto que una película donde sus actores no son ni sombras de ellos mismos, mención especial para Mark Whalberg, el hombre-palo, que transmite menos que una pared y nunca sé si está triste, alegre o simplemente vive en un eterno estado vegetal. Una película donde sus efectos especiales edulcorados parecen sacados de una tienda de todo a cien, donde su protagonista es una niña repelente que deseas que cruce por fin la puerta y se vaya a freír espárragos ahorrándonos sus monsergas dignas de Candy Candy. Una película donde el ritmo es absolutamente plano aburriendo hasta la saciedad y su final roza el gilipollismo, no puede ser que consiga elevar el alma de sus espectadores en plan catarsis aristotélica. Pero así sucede, porque al fin y al cabo la manipulación de nuestras emociones más básicas es algo muy elemental y simple y su manifestación satisfactoria y reparadora.

viernes, 19 de febrero de 2010

"En tierra hostil", la tensión como personaje principal.


Tuve la suerte de ver esta película con una compañía inmejorable, tanto que tuve que verla dos veces para prestarle toda la atención que merecía. "En tierra hostil" puede pasar a la historia del cine por ser la primera vez que una mujer gane el oscar a la mejor dirección. Katheryn Bigelow, autora de películas como "Le llaman Bodhi" o "Días extraños" nos sumerge esta vez en una historia ambientada en la guerra de Iraq de la mano de un grupo de artificieros para hablarnos, desde un punto de vista distinto al habitual, de las consecuencias sicológicas de la guerra. No es esta una película sobre el conflicto bélico en sí, sino de sus efectos en algunas personas al darle sentido a sus existencias. La guerra, como subida de adrenalina, como adicción y como forma de vida.
La película, con un inicio soberbio y prometedor, se va desinflando conforme va trascurriendo la narración debido a su fracturación por episodios sin conexiones entre ellos de verdadera entidad. La película se convierte en una sucesión de situaciones aisladas, de secuencias de acción admirablemente realizadas, llenas de tensión, inquietud y suspense, pero que al cabo de un rato se convierten en reiterativas sin sostener nada más que a ellas mismas. Su valor radica en hacerte sentir el miedo a esa guerra. En primera línea de fuego, en un ambiente adverso donde cualquier nimiedad puede acabar con tu vida, dónde nada es lo que parece y la carga de adredalina es constante hasta el agotamiento, el terror se instala como un hábito en el enfrentamiento diario con la muerte, convirtiéndose en fascinación hasta engancharte. Si eres un tarado, claro está. Pero no hay más. Y no es que sea poco, pero falta aglutinante, cohesión entre esos momentos de subidón, que hacen que la historia se convierta en una pequeña montaña rusa de emociones con picos muy altos y otros muy bajos. Posiblemente es la película que mejor me ha transmitido esa sensación de locura casi esquizofrénica que tiene que producir el enfrentarte a diario con el miedo y la deshumanización de este, donde la angustia, la ansiedad y la fatiga se asientan hasta dejarte grogui y exhausto. Pero que, al igual que una atracción de feria, estás deseando que acabe y pasar a otra cosa.

jueves, 18 de febrero de 2010

"Un hombre soltero (A single man)", el desafío de respirar.


El debut como director de cine de Tom Ford, modisto de Gucci, adapta una novela homónima donde se relata un día en la vida de un profesor universitario gay intentando sobrevivir a la muerte por accidente de su pareja de toda la vida. Como debut es bastante interesante para tenerlo en cuenta en trabajos posteriores. "Un hombre soltero" nos sumerge en la dificil superación de la muerte de un ser querido en el día a día. Cuando las rutinas y los hábitos se revelan, evocando situaciones pasadas y dándoles una dimensión desconocida hasta entonces convirtiéndose en pequeñas dagas que se clavan en el pecho haciendo de la propia existencia un desafío. La interpretación que hace Colin Firth de este hombre abatido y agotado al que una simple bocanada de aire le cuesta un mundo, es magistral. Su contención de sentimientos nos hace bucear en esa tristeza infinita y gris, desesperada por encontrar un motivo por el que no suicidarse y acabar con todo. Un motivo que no existe como tal en un todo sino es por la acumulación de pequeños detalles que van lamiendo las heridas en pos de una cura que remedie el dolor de la propia existencia.
Tom Ford es un esteta y eso se nota en su trabajo, el diseño de los interiores, los trajes impecables del protagonsta, el uso de la fotografía y el color, se convierten en una parte más de la historia. La recreación de los primeros años de la década de los 60 en Estados Unidos está un tanto edulcorada al servicio de una armonía visual y un gusto estético del que el autor no se puede liberar, acompañado de una banda sonora magnífica que nos va llevando de la mano a un deleite puramente sensorial.
"Un hombre soltero" no es una película redonda, tiene algún problema de ritmo, de estereotipación de personajes y de situaciones algo forzadas, pero sus fallos son mucho menores que sus aciertos y estos son considerables en una historia que no por haber sido tratada una y mil veces en el mundo del cine deja de ser un retrato único y acertado de la angustia de vivir sin esperanza.