martes, 27 de octubre de 2009

"Synecdoche, Nueva York", la parte por el todo.


Cuando vas a ver una película donde el nombre de Charlie Kaufman aparece en los títulos de crédito, sabes de antemano que estás a punto de enfrentarte a algo diferente, original, extravagante, sumamente singular. Películas como "Olvídate de mí", "Quiero ser John Malkovich", o "El ladrón de orquídeas" así lo atestiguan. Esta vez, el hasta ahora guionista, ha querido dar un paso más y además de escribir la historia se ha encargado de la dirección, siendo su debut en el cine como realizador. Y la verdad, es que nos encontramos con un Kaufman en estado puro, más delirante que nunca, capaz de dar a la tuerca una vuelta más.
La película narra la historia de Canden Cotar, un director de teatro que tras ser abandonado por su mujer y su hija, entra en un estado depresivo que le lleva a montar una espectacular obra de teatro (donde recrea la ciudad de Nueva York y sus habitantes) con la que expiar sus demonios. Hasta ahí todo bien, pero intentar plasmar el argumento de esta historia en unas líneas es cosa de ilusos. Porque aquí no importa el tiempo en su forma lineal (ni en ninguna otra) lo real y la ficción se mezclan, se confunden, incluso se intercambian. A modo del Aleph de Borges, Canden, magníficamente interpretado por ese actor (Philip Seymour Hoffman) que si fuera guapo sería Dios, intenta hacer la obra definitiva de su carrera, mostrando todas las realidades de la vida y a través de ellas llegar a la suya propia en un desesperado intento de Fe. Ahí es cuando se complica la película. Mostrar la realidad de la forma más sincera y auténtica hace que, al igual que en la obra de teatro, en el filme todo se vuelva difícil, se enrede y termine en una especie de bucle que riza el rizo. De repente todo está sometido por las reglas de la coherencia en un envoltorio de lo más disparatado que hace que la película se torne a veces un tanto irregular. Pero ojo, son sus reglas, es premeditado. Kaufman elige que sea así porque tiene que ser así, debe ser así. Su mundo interior es tan apabullante que el espectador nunca puede ser pasivo, es tratado como alguien inteligente, que piensa o al menos tiene la capacidad de hacerlo y eso hoy en día es bastante de agradecer. Que gente como Kaufman exista es bueno para el cine, es bueno para el arte y es bueno para nosotros, los espectadores.

No hay comentarios:

Publicar un comentario