A James Cameron le debo el hecho impagable de haber podido experimentar algo parecido a lo que sentí la primera vez que fui al cine. Debo de confesar que nunca había visto antes una pelícua en 3D y mi nerviosismo y excitación antes de empezar eran similares a los de un niño cuando se enfrenta por primer vez a la fascinación de una pantalla de cine. Debo de confesar que cuando me puse esas gafas espantosas y mágicas a la vez, mi estado era tal que me sentía como en una burbuja de aire, levitando y embriagado por la emoción. Debo de confesar que cuando empezó la película mis ojos estaban como platos y mi respiración casi cortada ante tanto estímulo a mis sentidos. Debo de confesar que todo eso fue espectacular y alucinante, absolutamente recomendable, algo maravilloso que todo el mundo debería de comprobar por sí mismo. Pero que dura lo que dura. Porque más allá de la exhibición magistral de tecnología, de la sombrosa puesta en escena, de las espléndidas secuencias de acción, de esa formidable montaña rusa visual. No hay nada o muy poco. Porque cuando se acaba el momento de lo novedoso y te abandona la sensación de sorpresa, cuando empiezas a mirar por encima de las gafas para ver como se vé sin ellas, cuando ya nada te ciega y empiezas a enterarte de la historia, te das cuenta que lo que estás viendo es algo muy blandito, mil veces ya visto, con personajes descuidados y simplones, que se mueven por emociones muy básicas. Una historia plana y previsible con mensajes muy facilones que se quedan en la superficie por su ligereza. Cuando pones el arte al servicio de la técnica y no al revés, cuando la forma es más importante que el fondo, el envoltorio que el contenido y la historia se convierte en una excusa para ofrecer otra cosa, es lo que pasa. Quizás el excesivo metraje no la ayude mucho, puesto que la pelicua tiene momentos de verdadero cine de acción (increíble la batalla final por ejemplo). Pero si no tienes un nexo resistente y sólido que haga de la película un todo, si la historia deja de emocionarte, si tienes la sensación de estar viendo mucho relleno a base de tópicos, de saber que va a pasar en la próxima escena; la magia del cine se pierde y lo que al principio era un viaje extraordinario a un hermoso mundo como el de Pandora, se convierte en una película más de amor y acción mil veces vista pero muy bien hecha.
lunes, 4 de enero de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario