jueves, 8 de abril de 2010

"Shutter Island", la trampa del todo vale.


Partamos de la premisa de que no creo en la existencia de Dios. Es más, ni siquiera me importa realmente su existencia o no, ya que si así fuera y obtuvieramos una prueba empírica de su ser, sospecho que no nos llevaríamos nada bien. Pero si tomamos la idea de Dios como ser-supremo-que-todo-lo-puede-cercano-a-la-perfección y nos alejáramos de su concepto místico-religioso. Martin Scorsese sería lo más cercano para mí a esa definición. Un tío que ha hecho películas como "Taxi Driver", "Toro Salvaje", "La última tentación de Cristo", "El cabo del miedo", "La edad de la inocencia", "Uno de los nuestros", "Casino" o "Infiltrados" tiene que estar tocado con la varita mágica de las deidades.
El problema es que no es infalible y a veces, muy pocas, falla. Ya ocurrió con "Gans of New York" y ahora ha vuelto a ocurrir con "Shutter Island". Una pena, porque uno espera cada película de Scorsese como agua de mayo. Con unas ganas tremendas y una ilusión que se dispara. Así que cuando te encuentras con cosas así, el palo es mucho mayor.
Y es que "Shutter Island" tenía todos los ingredientes para ser una buena película, pero cuando empiezas a verla y te das cuenta que el principio es lo mejor y cada vez te vas desconectando más y más hasta casi perder todo el interés, tienes la sensación de que se le ha ido de las manos, que algo se escapa, que es tramposa y aburrida, con una alarmante falta de ritmo, un guión bastante flojo y caótico y algunas incoherencias que da tristeza reconocer. Porque Scorsese es Dios pero un Dios que se humaniza en sus errores. Y esta película le hace humano, demasiado humano. Tanto que no parece suya.

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