
Al salir del cine al ver esta película uno tiene la molesta sensación de no saber si lo que ha presenciado es una bonita historia de sueños que se cumplen o una tomadura de pelo de lo más pueril. Reconozco que cuando fui a verla iba con ciertos prejuicios negativos hacia lo que me iba a encontrar y al salir de la sala, esos prejuicios no se habían confirmado aunque tampoco diluidos del todo. Una semana después, tras haber dejado que la película se asiente y tome peso, sigo sin tener claro lo que vi. Así que iré por partes y con la esperanza que mientras escribo esta se revele como lo que verdaderamente es.
"El baile de la Victoria" es la última película de Fernando Trueba tras varios años alejado de la ficción y más centrado en los documentales y la producción musical. La película, basada en un libro de Antonio Skármeta ("El cartero de Neruda") nos sitúa en Chile cuando con la llegada de la democracia, el presidente de país decreta una amnistía general para todos los presos sin delitos de sangre. De esto se ve beneficiado un joven e idealista ladronzuelo de tres al cuarto llamado Ángel Santiago (Abel Ayala), decidido a vengarse de las injusticias que ha padecido en la cárcel y que planea un ambicioso y arriesgado robo. Y Nicolás Vergara Grey (Ricardo Darín), un famoso ladrón de guante blanco que huye de su reputación mientras trata de recuperar a su familia.
La historia, recientemente postulada para representarnos en los Oscars, está narrada como si de un cuento se tratara y nos sumerge en una especie de realismo mágico con la presencia de Victoria (Miranda Bodenhofer) una misteriosa bailarina de oscuro pasado. Y aquí es donde me empieza a chirriar la historia y se complica el veredicto. Ese servilismo a lo mágico, a lo extraordinario encorseta a los personajes y a la historia en sí. Lo que se nos cuenta no transmite desde un punto de vista afectivo sino estético. Son las bellas imágenes, algunas de ellas memorables, las que se comunican verdaderamente con el espectador, produciéndonos un sincero placer artístico. Pero no es posible emocionarse con la historia, con los personajes, con lo que sucede en la pantalla. Nada es creíble y sí, es cierto que al fin y al cabo es sólo un cuento, que no pretende acercarse a la realidad, pero se aleja tanto que termina impidiendo la empatía con los protagonistas. No hay cercanía ni afinidad con ellos, no participamos afectivamente de su realidad. Y eso en una historia que pretende implicarte emocionalmente es un error porque terminas adoptando un punto de vista neutro, ambiguo y la narración se convierte en algo tan frío como la cordillera de los Andes.
Así que aquí me debato entre el placer estético que me produce la contemplación retiniana de sus armónicas y líricas imágenes, y la absoluta indiferencia por esos personajes que no me dicen nada en sus intentos de manipular mis emociones, excepto que no han tenido éxito y que su resultado ha sido fallido.
"El baile de la Victoria" es la última película de Fernando Trueba tras varios años alejado de la ficción y más centrado en los documentales y la producción musical. La película, basada en un libro de Antonio Skármeta ("El cartero de Neruda") nos sitúa en Chile cuando con la llegada de la democracia, el presidente de país decreta una amnistía general para todos los presos sin delitos de sangre. De esto se ve beneficiado un joven e idealista ladronzuelo de tres al cuarto llamado Ángel Santiago (Abel Ayala), decidido a vengarse de las injusticias que ha padecido en la cárcel y que planea un ambicioso y arriesgado robo. Y Nicolás Vergara Grey (Ricardo Darín), un famoso ladrón de guante blanco que huye de su reputación mientras trata de recuperar a su familia.
La historia, recientemente postulada para representarnos en los Oscars, está narrada como si de un cuento se tratara y nos sumerge en una especie de realismo mágico con la presencia de Victoria (Miranda Bodenhofer) una misteriosa bailarina de oscuro pasado. Y aquí es donde me empieza a chirriar la historia y se complica el veredicto. Ese servilismo a lo mágico, a lo extraordinario encorseta a los personajes y a la historia en sí. Lo que se nos cuenta no transmite desde un punto de vista afectivo sino estético. Son las bellas imágenes, algunas de ellas memorables, las que se comunican verdaderamente con el espectador, produciéndonos un sincero placer artístico. Pero no es posible emocionarse con la historia, con los personajes, con lo que sucede en la pantalla. Nada es creíble y sí, es cierto que al fin y al cabo es sólo un cuento, que no pretende acercarse a la realidad, pero se aleja tanto que termina impidiendo la empatía con los protagonistas. No hay cercanía ni afinidad con ellos, no participamos afectivamente de su realidad. Y eso en una historia que pretende implicarte emocionalmente es un error porque terminas adoptando un punto de vista neutro, ambiguo y la narración se convierte en algo tan frío como la cordillera de los Andes.
Así que aquí me debato entre el placer estético que me produce la contemplación retiniana de sus armónicas y líricas imágenes, y la absoluta indiferencia por esos personajes que no me dicen nada en sus intentos de manipular mis emociones, excepto que no han tenido éxito y que su resultado ha sido fallido.
No hay comentarios:
Publicar un comentario