viernes, 19 de febrero de 2010

"En tierra hostil", la tensión como personaje principal.


Tuve la suerte de ver esta película con una compañía inmejorable, tanto que tuve que verla dos veces para prestarle toda la atención que merecía. "En tierra hostil" puede pasar a la historia del cine por ser la primera vez que una mujer gane el oscar a la mejor dirección. Katheryn Bigelow, autora de películas como "Le llaman Bodhi" o "Días extraños" nos sumerge esta vez en una historia ambientada en la guerra de Iraq de la mano de un grupo de artificieros para hablarnos, desde un punto de vista distinto al habitual, de las consecuencias sicológicas de la guerra. No es esta una película sobre el conflicto bélico en sí, sino de sus efectos en algunas personas al darle sentido a sus existencias. La guerra, como subida de adrenalina, como adicción y como forma de vida.
La película, con un inicio soberbio y prometedor, se va desinflando conforme va trascurriendo la narración debido a su fracturación por episodios sin conexiones entre ellos de verdadera entidad. La película se convierte en una sucesión de situaciones aisladas, de secuencias de acción admirablemente realizadas, llenas de tensión, inquietud y suspense, pero que al cabo de un rato se convierten en reiterativas sin sostener nada más que a ellas mismas. Su valor radica en hacerte sentir el miedo a esa guerra. En primera línea de fuego, en un ambiente adverso donde cualquier nimiedad puede acabar con tu vida, dónde nada es lo que parece y la carga de adredalina es constante hasta el agotamiento, el terror se instala como un hábito en el enfrentamiento diario con la muerte, convirtiéndose en fascinación hasta engancharte. Si eres un tarado, claro está. Pero no hay más. Y no es que sea poco, pero falta aglutinante, cohesión entre esos momentos de subidón, que hacen que la historia se convierta en una pequeña montaña rusa de emociones con picos muy altos y otros muy bajos. Posiblemente es la película que mejor me ha transmitido esa sensación de locura casi esquizofrénica que tiene que producir el enfrentarte a diario con el miedo y la deshumanización de este, donde la angustia, la ansiedad y la fatiga se asientan hasta dejarte grogui y exhausto. Pero que, al igual que una atracción de feria, estás deseando que acabe y pasar a otra cosa.

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