viernes, 5 de marzo de 2010

"The lovely bones", huesos de mermelada.



Hagamos un experimento sociológico. Vayamos al cine, escojamos una película basada en una historia trágica, a ser posible humana y familiar, donde la protagonista sea una chica joven y encantadora. Una película donde la música, de corte ambiental, nos ayude a incidir en nuestras emociones más básicas en los momentos más carismáticos. Donde los efectos especiales, sobrecargados y sensibleros, se vean reforzados por la música comentada anteriormente. Echemos a todo esto unas pizcas de amor adolescente, de voz en off con discursos de lo más cursis y un final feliz que nos empalague. Mezclémoslo bien y sirvámoslo a un público medio al que le apasiona películas como "El diario de Noa", por poner un ejemplo. El resultado es que un 99% saldrá de la sala de cine encantados y frotándose las últimas lágrimas de los ojos.
A esto se le llama "arte de manipular emociones". No hay lugar a la reflexión, al intelecto, a la razón, todo pasa por una fina pátina que se queda en la superficie y que nos deja encantados de la vida.
No tiene otra explicación, puesto que una película donde sus actores no son ni sombras de ellos mismos, mención especial para Mark Whalberg, el hombre-palo, que transmite menos que una pared y nunca sé si está triste, alegre o simplemente vive en un eterno estado vegetal. Una película donde sus efectos especiales edulcorados parecen sacados de una tienda de todo a cien, donde su protagonista es una niña repelente que deseas que cruce por fin la puerta y se vaya a freír espárragos ahorrándonos sus monsergas dignas de Candy Candy. Una película donde el ritmo es absolutamente plano aburriendo hasta la saciedad y su final roza el gilipollismo, no puede ser que consiga elevar el alma de sus espectadores en plan catarsis aristotélica. Pero así sucede, porque al fin y al cabo la manipulación de nuestras emociones más básicas es algo muy elemental y simple y su manifestación satisfactoria y reparadora.

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